(Sorprende a tus sentidos escuchando la música mientras lees el relato)
Un color especial
comenzaba a fundirse con los verdes del jardín y del mar. Una ligera brisa
impregnaba el ambiente del inconfundible olor a jazmín que cada tarde nos acompañaba
mientras que desde nuestra privilegiada situación, veíamos en el horizonte
cómo los pesqueros regresaban de su faena.
Cuando vi que su barco se acercaba, mi
corazón se agitó y comencé a inquietarme ... Sabía que a Jacques no le
molestaban mis vespertinos paseos y que podría irme sin que él sospechase nada,
pero no podía detener mi imaginación y el posible encuentro apenas me dejaba respirar.
Desde hacía tres semanas, todas las tardes caminaba
con cierta impaciencia hacia el puerto. Comprobaba que el velero de Philippe ya
estaba amarrado al final del muelle. Aceleraba el paso cuando percibía ese
sonido que nublaba mi razón, que llegaba a mi alma como un intenso abrazo … su
violín parecía llamarme en cada movimiento. Me acercaba y al percatarse de mi presencia
sus ojos se fundían con los míos en una armonía increíblemente perfecta. Acababa
la pieza y nos quedábamos mirándonos en silencio. – ¿Subes a bordo? –
preguntaba tendiéndome la mano. Yo aceptaba y sujetándome fuerte con ambos brazos
me ayudaba a embarcar. Él seguía tocando y yo mientras soñaba con un beso que
nunca llegaba. En la ciudad nadie conocia a Philippe y su
pasado era un misterio para mí. Solo sabía de él que vivía en su barco, tocaba el violín y navegaba. Me hablaba de sus viajes y me relataba
historias sobre los grandes músicos. Yo podía pasar horas escuchándole …
Dejé la sombrilla, me retoqué el peinado,
pellizqué mis mejillas y mordisqueé mis labios … me sentía bella y feliz. – ¿Ya
te vas, querida? Disfruta de tu paseo – me dijo Jacques regalándome una sonrisa.
– Gracias, llegaré para la cena – contesté.
Cómo cada día, comenzó mi impaciente camino
hacia el puerto, deseando que nuestras miradas se volviesen a encontrar
mientras sonaba esa mágica melodía que me transportaba a lugares desconocidos
para mí. Cuando me iba acercando al muelle, comprobé desilusionada que su embarcación
no estaba. No podía ser, lo avisté desde el mirador hacía más de una hora. Comencé
a preocuparme y pregunté a algunos pescadores que recogían sus redes, pero
nadie supo contestarme. Apesadumbrada volví a casa. No quería que
nadie leyera en mi cara el desasosiego y salí directamente a la terraza, para
intentar recordar las agradables sensaciones de unas horas antes, cuando junto
a Jacques disfrutaba de esos bellos colores y olores del atardecer. Entonces divisé
como el velero de Philippe se alejaba … se marchaba y no podía decirle adiós.
Sentí un profundo dolor ante la posibilidad de que se fuera para no volver. No quería
creerlo … él regresaría para darme ese beso tantas veces
imaginado. Alguien me sorprendió por detrás con un tierno y largo abrazo. Me
giré y ahí estaba Jacques, y esa dulce mirada con la que siempre me había
seducido. Tomó mi cabeza entre sus grandes manos y me besó. – Te he echado de
menos esta tarde, mi vida – me susurró. Reconfortada con su cariño le devolví
el beso y con un gesto le invité a que entrásemos en casa. Miré hacia atrás
buscando en la lejanía a quien me había hecho soñar esos días y a quien con
toda seguridad jamás olvidaría, pero la noche había caído ya y el mar estaba
salpicado por pequeñas luces de los barcos que salían a pescar y podía ser cualquiera de ellos. Creí escuchar
un violín … – ¿Vamos, cariño? – Dijo Jacques – Entré en casa y sentí que ese era mi lugar.
